El título de la composición presentada por Eduardo en 2018, en la que sería su última exposición en ARCO, fue “El paraíso de las moscas”. El título por sí solo pone de relieve la importancia de las moscas en la vida de Eduardo Arroyo. Era un insecto que lo remontaba a su primera infancia en León, cuando observaba, fascinado, cómo su abuela Concha cazaba moscas en su casa. El zumbido de estos insectos lo ha acompañado desde entonces en toda su obra pictórica y escultórica, a veces como elemento principal y otras como secundario, pero siempre presente.
Fue durante su exilio en París cuando adoptó la mosca como un “arma artística” con la que atacar a España, un país que consideraba “lleno de moscas”. A través de su obra, Arroyo utilizó las moscas para denunciar la ausencia de una política cultural en la España de la posguerra, ejemplificada en edificios abandonados que aparecían cubiertos de ellas. A lo largo de su vida, el pintor nunca abandonó este icono. “Creo que hemos mejorado de aquellas moscas a estas. Aunque las que quedan ahora quizá piquen mejor”.
Arroyo también veía reflejada en este animal su personalidad contrastante, moviéndose constantemente entre la denuncia y la crítica social con un fuerte elemento irónico. El distintivo color amarillo que utiliza sirve como símbolo irónico de la “irrealidad”, mientras que el resto del cuerpo se representa de forma realista.


